Lo mas selecto
Lo mas selecto La cuestión, aunque no hubiera estado mezclada, a través de su arraigada ternura por la señora Capadose, con un elemento de tensa expectación, habría seguido presentándose como un problema muy curioso, porque no había pintado retratos durante tantos años sin convertirse en algo parecido a un psicólogo. Su investigación se veía limitada, por el momento, a la oportunidad que le ofrecieran los tres días siguientes, ya que el coronel y su esposa se iban después a otra casa. Por supuesto, también se centraba en gran medida en el coronel, ya que el caballero constituía tan rara anomalía. Además, tenía que ir deprisa. Lyon era demasiado escrupuloso para preguntar a otras personas qué pensaban del asunto, tenía demasiado miedo de poner en evidencia a la mujer que había amado en otros tiempos. También era probable que lo iluminara la conversación con el resto de los presentes: el raro hábito del coronel, que afectaba a su situación en igual medida que a la de su esposa, sería un tema de conversación familiar en cualquier casa donde tuviera por costumbre pasar unos días. Lyon no había observado en los círculos que frecuentaba ninguna tendencia destacada a abstenerse de comentar las singularidades de sus miembros. Interfería con sus averiguaciones el hecho de que el coronel estuviera cazando durante todo el día mientras él manejaba los pinceles y charlaba con sir David; pero llegó un domingo y la situación se compensó en parte. Por fortuna, la señora Capadose no cazaba y cuando él terminó el trabajo no estaba inaccesible. Dio un par de largos paseos con ella (a ella le gustaba) y la engatusó para que tomaran el té en un bonito rincón del salón. Por mucho que la observara, no era capaz de hacerse una idea de si la consumía una vergüenza oculta; la conciencia de estar casada con un hombre cuya palabra no valía nada no era, para ella, en la medida en que él podía adivinar, como una plaga para la rosa. Parecía no tener otra cosa en la cabeza que su propia plácida franqueza y, cuando él la miraba a los ojos (profundamente, como se permitía hacer de vez en cuando), éstos no tenían una conciencia incómoda. Habló con ella una y otra vez de los buenos viejos tiempos, rememoró cosas que (antes de aquel encuentro) no tenía ni idea de que recordara. Después le habló de su marido, alabó su apariencia, su talento para la conversación, manifestó que había desarrollado rápidamente sentimientos cordiales por él y le preguntó (con una audacia interna que le hizo temblar un poco) qué clase de hombre era.