Lo mas selecto
Lo mas selecto —¡Me da igual lo que piense usted de él! —dijo la señora Capadose y, al sonreír, le pareció más hermosa que nunca. O bien era profundamente cínica o bien de un hermetismo todavía más profundo, y Lyon a duras penas podría arrancarle la señal que deseaba: algún indicio de que, en definitiva, habría hecho mejor casándose con un hombre que no era la encarnación del más despreciable, del menos heroico de los vicios. ¿Es que ella no veía, no sentía, las sonrisas que circulaban cuando su marido ejecutaba alguna de sus características cabriolas verbales? ¿Cómo podía, una mujer de su carácter, soportar aquello día tras día, año tras año, sin que cambiara ese mismo carácter? Pero Lyon sólo estaría dispuesto a creer en esa alteración cuando la oyera mentir. El problema le fascinaba y, sin embargo, casi le exasperaba mientras se formulaba todo tipo de preguntas. ¿Acaso no mentía, al fin y al cabo, cuando dejaba pasar aquellas falsedades sin protestar? ¿No era su vida una complicidad perpetua? ¿Y no lo alentaba y ayudaba con el mero hecho de no disgustarse con él? Aunque tal vez estuviera disgustada y la desesperación de su orgullo diera como resultado esa máscara inescrutable. Quizá protestaba en privado, apasionadamente; quizás todas las noches, en sus habitaciones, tras la espantosa actuación del día, ella le hiciera las escenas más desgarradoras. Pero si esas escenas eran en vano y él no se esforzaba en curarse, ¿cómo podía, además, mirarlo después de tantos años de matrimonio, con la perfecta e ingenua satisfacción que había advertido durante la cena del primer día? Si nuestro amigo no hubiera estado enamorado de ella, habría encontrado incluso divertidas las fechorías del coronel; pero, dadas las circunstancias, aquello le parecía trágico, aunque no perdía de vista que su solicitud también habría podido resultar cómica.