Lo mas selecto
Lo mas selecto Lo más singular de todo era que ni la sorpresa ni la familiaridad impedÃan que la gente apreciara al coronel; sus mayores exigencias de una atención, por lo demás, un tanto escéptica, se tenÃan por desbordamientos de vida y alegrÃa, casi de belleza. Le gustaba retratar su valor y lo hacÃa con una gruesa brocha y, sin embargo, no cabÃa duda de que era valiente. Era gran jinete y tirador, a pesar del cúmulo de anécdotas que ilustraban esas habilidades: en definitiva, no estaba lejos de ser tan inteligente ni su carrera de ser casi tan maravillosa como pretendÃa. Con todo, su mejor cualidad era una sociabilidad indiscriminada que daba por hecho el interés y la credulidad de los demás y, en cambio, de eso no presumÃa; le daba un aire ordinario, incluso, en cierto modo, vulgar; pero era tan contagiosa que, en contra de lo previsible, su interlocutor se ponÃa de su lado. Oliver Lyon reflexionaba para sà que el coronel no sólo mentÃa sino que hacÃa que uno se sintiera también un poco mentiroso, aunque le llevara la contraria (o especialmente si lo hacÃa). Por la noche, durante la cena y más tarde, nuestro amigo contemplaba el rostro de su mujer para ver si lo recorrÃa alguna sombra o un débil espasmo. Pero en ella no se veÃa nada y lo más sorprendente era que casi siempre escuchaba a su marido cuando hablaba. En eso consistÃa su orgullo: no querÃa que se sospechara siquiera que no hacÃa frente a las circunstancias. Sin embargo, Lyon veÃa una y otra vez que al dÃa siguiente de los hechos aparecÃa una figura velada en la penumbra dispuesta a arreglar los daños del coronel, de la misma manera que los familiares de los cleptómanos visitan puntualmente las tiendas que han sufrido sus hurtos.