Lo mas selecto
Lo mas selecto Lyon absolvía a su victorioso rival en un caso particular: al principio, lo desconcertaba que, dada su incontinencia, no se hubiera metido en un lío en el ejército. Pero se dio cuenta de que lo respetaba, que aquella augusta institución quedaba a salvo de sus estragos. Además, aunque su conversación estaba llena de fanfarronadas, resultaba sorprendente que pocas veces presumiera de sus hazañas militares. Sentía pasión por la caza, la había practicado en países lejanos y algunas de sus mejores flores eran recuerdos de peligros y huidas en solitario. Naturalmente, cuanto más solitaria era la escena, mayor era la flor. Cualquier conocido nuevo del coronel recibía siempre el tributo de un ramillete: Lyon no tardó en llegar a esta conclusión general. Y ese hombre extraordinario tenía incoherencias y lapsus inesperados: de vez en cuando caía en la veracidad más anodina. Lyon comprobó lo que le había dicho sir David: que sus aberraciones sobrevenían en forma de ataque o períodos concretos y, en ocasiones, respetaba la tregua de Dios durante un mes seguido. La musa lo inspiraba a placer y con frecuencia lo dejaba solo. Él desaprovechaba las mejores oportunidades y después se ponía a navegar contra el viento. Por lo general, tendía más a afirmar lo falso que a negar lo cierto; sin embargo, esta proporción algunas veces se invertía de manera asombrosa. Con frecuencia se sumaba a quienes se reían de él, reconocía el intento de engaño y que muchas de sus anécdotas tenían un carácter experimental. No obstante, nunca se retiraba ni retractaba por completo: se sumergía y emergía en otro lugar. Lyon adivinaba que, alguna vez, sería capaz de defender su posición con violencia, pero sólo cuando ésta fuera muy mala. En ese caso, podría llegar con facilidad a ser peligroso: sería capaz de pegar a alguien y volverse violento. Estas ocasiones pondrían a prueba la ecuanimidad de su esposa y a Lyon le habría gustado verla entonces. En el salón de fumar y otros lugares, los presentes, en la medida en que eran íntimos, tenían siempre una protesta jocosa a mano; pero entre los hombres que lo conocían desde hacía tiempo, su voz plena de matices era una vieja historia, tan vieja que habían dejado de hablar de ella, y Lyon no tenía interés, como he dicho, en recabar la opinión de los que podrían haber compartido su sorpresa.