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Lyon terminó su retrato y se preparó para marcharse tras haber trabajado en un radiante halo de interés que lo impulsaba a creer que el resultado sería bueno, pero cuando se encontró con que gustaba a todo el mundo, en especial al señor y la señora Ashmore, empezó a sentirse escéptico. En cualquier caso, cambió de compañía: el coronel y la señora Capadose siguieron su camino. Sin embargo, podría decirse que despedirse de la dama no fue tanto un final como un principio, porque la visitó poco después de su regreso a la ciudad. Le había dicho cuándo estaba en casa; parecía sentir aprecio por él. Y si lo apreciaba, ¿por qué no se había casado con él o, al menos, lamentaba no haberlo hecho? Si lo lamentaba, lo ocultaba muy bien. La curiosidad de Lyon sobre este punto puede parecer fatua al lector, pero algún derecho tendrá un hombre decepcionado. Al fin y al cabo, no pedía mucho; no pedía que lo amara en aquel momento ni que le permitiera decirle que la amaba, sino sólo que diera alguna muestra de que se arrepentía. Pero ella, en cambio, en esos momentos se recreaba exhibiendo su hijita ante él. La niña era bonita y tenía los más hermosos ojos de inocencia que había visto: lo que no impedía que se preguntara si contaba mentiras horribles. Esa idea lo entretenía mucho: la imagen de la ansiedad con que, mientras crecía, su madre la examinaría en busca de los síntomas de la herencia. ¡Bonita ocupación para Everina Brant! ¿Mentiría ella también a la niña sobre el padre? ¿Sería necesario que lo hiciera, mientras estrechaba a su hija contra el pecho, para protegerla? ¿Se controlaría el coronel delante de la niña, para que no lo oyera decir cosas que ella sabía que eran diferentes de las que él contaba? Lyon lo dudaba: el carácter le podía y lo único que podría salvar a la niña era que fuera demasiado tonta para analizar nada. No se podía juzgar todavía, era demasiado pequeña. Si desarrollaba su inteligencia, seguro que seguiría la huella de su padre: ¡hermosa mejora en la situación de su madre! Su carita no despertaba sospechas, pero tampoco la cara grande de su padre: aquello no demostraba nada.


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