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Lyon recordó a sus amigos en más de una ocasión que le habían prometido que Amy posaría para él, y la única dificultad estaba en el tiempo del que disponía. También creció en él el deseo de pintar al coronel, tarea con la que se prometía una gran satisfacción íntima. Sacaría a la luz su personalidad, lo representaría en esa totalidad de la que había hablado con sir David y sólo los iniciados se darían cuenta. Éstos, sin embargo, tendrían el retrato en altísima estima y, sin duda, sería de gran profundidad: una obra maestra de caracterización sutil. Durante años había soñado con hacer algo que llevara no sólo el sello del psicólogo, sino también el del pintor, y ahí tenía por fin el modelo. Era una pena que no fuera mejor, pero eso no era culpa suya. Tenía la sensación de que, hasta aquel momento, nadie había captado como él la personalidad del coronel, y no sólo siguiendo su instinto, sino también un plan. En algunos momentos casi le asustaba el éxito de su plan: el pobre caballero iba terriblemente lejos. Algún día se detendría, miraría a Lyon entre los ojos, adivinaría el juego que se traía con él… y eso haría que su esposa también lo adivinara. No es que a Lyon le preocupara mucho, siempre que ella no creyera (como debía ser) que también formaba parte de la broma. Había adquirido tal costumbre de ir a verla los domingos por la tarde que se irritaba cuando salía de la ciudad. Eso ocurría con frecuencia, pues la pareja era muy aficionada a las visitas y el coronel siempre estaba deseando ir de caza, actividad de la que disfrutaba aún más cuando podía ejercitarla a expensas de otros. Lyon habría dado por supuesto que aquel tipo de vida desagradaba especialmente a su esposa, porque tenía la idea de que era en las casas de campo donde el marido se explayaba a gusto. Habría sido un alivio y un lujo para ella que se fuera solo, no ver cómo se exhibía ante los demás. En realidad, a Lyon le decía que preferiría quedarse en casa; pero no porque en casa de otras personas pasara las de Caín: el motivo que daba era que le gustaba mucho estar con la niña. Quizá las exageraciones no constituyeran delito, pero eran vulgares; el pobre Lyon se quedó encantado cuando llegó a esta conclusión. Sin duda, algún día, también él, cruzaría la línea; se convertiría en un animal dañino. Sí, y, mientras tanto, era vulgar a pesar de su talento, su buena presencia, su impunidad. Excepcionalmente, hacia final del invierno ella se quedó en casa en dos ocasiones en que su marido se fue a cazar varios días. Lyon todavía no se encontraba en situación de preguntarse si el deseo de no perderse dos de sus visitas habría tenido algo que ver con esa inmovilidad. Quizá habría sido más oportuno formularse más tarde esa pregunta, cuando empezó a pintar a la niña y la madre aparecía siempre con ella. Pero no estaba en la naturaleza de la señora Capadore dar a las cosas un falso nombre, fingir, y Lyon se daba cuenta de que quería con pasión a la niña, a pesar de la mala sangre que corría por sus venas.


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