Lo mas selecto
Lo mas selecto Acudía con constancia, aunque Lyon multiplicaba las sesiones de posado: nunca confiaba a Amy a la niñera o a la doncella. Lyon había liquidado al pobre sir David en diez días, pero el retrato de aquella niña de sencillo rostro prometía prolongarse hasta el año siguiente. Pedía sesión tras sesión y a cualquiera que hubiera observado la escena le habría parecido que estaba agotando a la niña. Sin embargo, ni él ni la señora Capadose llegaban tan lejos: ambos estaban presentes en los largos descansos que le daba, cuando dejaba de posar y deambulaba por el gran estudio, divirtiéndose con sus curiosidades, jugando con los viejos ropajes y vestidos, sin ningún tipo de restricciones. Entonces su madre y el señor Lyon se sentaban y hablaban; él dejaba los pinceles y se recostaba en la silla; siempre le ofrecía té. Lo que no sabía la señora Capadose era de qué manera, durante esas semanas, abandonaba otros encargos: las mujeres no tienen imaginación para el trabajo de los hombres y no van más allá de la idea de que carece de importancia. Lo cierto era que Lyon lo había retrasado todo y había hecho esperar a algunas personas importantes. Guardaban silencio durante intervalos de media hora, cuando él manejaba los pinceles, y en ellos él era plenamente consciente de que Everina estaba allí sentada. Ella se callaba si él no insistía en hablar y no lo molestaba ni aburría. Algunas veces cogía un libro, había muchos por todas partes; otras veces alejaba un poco la silla y miraba cómo avanzaba el retrato (sin aconsejar ni corregir), como si sintiera especial interés por cada pincelada que representaba a su hija. Estas pinceladas eran, en algunas ocasiones, algo violentas; Lyon pensaba más en su corazón que en su mano. No se sentía más incómodo que ella, pero sí alterado; era como si en las sesiones (porque la niña, también, guardaba un maravilloso silencio) algo creciera entre ellos. O hubiera crecido ya: una confianza tácita, un secreto inexpresable. Eso era lo que él sentía; pero no podía, después de todo, estar seguro de que ella sintiera lo mismo. Lo que Lyon deseaba que ella hiciera por él era muy poco; ni siquiera que llegara a confesar que era desgraciada. Para sentirse tremendamente satisfecho le habría bastado con que reconociera, aunque fuera con una señal silenciosa, que con él su vida habría sido mejor. Algunas veces pensaba —llegaba tan lejos su presunción— que el que se sentara ahí, tranquilamente, era ya esa señal.