Lo mas selecto
Lo mas selecto —Oh, música… ¡nosotros no estudiamos música! —dijo Geordie con notable superioridad y, mientras hablaba, Laura vio que la señorita Steet se ponÃa repentinamente de pie con aspecto todavÃa más tenso que de costumbre. La puerta de la habitación se habÃa abierto y ahà estaba Lionel Berrington. Llevaba puesto el sombrero y tenÃa un puro en la boca; y el rostro sonrojado, como era habitual. Se quitó el sombrero al entrar en la habitación, pero no dejó de fumar y se puso un poco más colorado que antes. Su cuñada habrÃa deseado que fuera distinto en muchos sentidos, pero nunca le habÃa desagradado cierta timidez infantil que afloraba en su relación con casi todas las mujeres. La institutriz de sus hijos lo ponÃa incómodo y Laura habÃa advertido anteriormente que él producÃa el mismo efecto sobre la señorita Steet. Lionel querÃa a sus hijos, pero los veÃa con tan escasa frecuencia como su madre y éstos nunca sabÃan cuándo estaba en casa. En realidad, sus idas y venidas eran tan continuas que la misma Laura apenas estaba al corriente: era excepcional que, en aquella ocasión, hubiera sabido de su ausencia. Selina tenÃa motivos para desear no ir a la ciudad mientras su esposo siguiera en Mellows y alimentaba la irritante convicción de que se quedaba en casa a propósito para vigilarla, para impedir que se marchara. TenÃa la teorÃa de que ella estaba siempre en casa, que pocas mujeres eran más domésticas que ella, más apegadas al hogar y absortas en los deberes que éste aparejaba; y, en su irracionalidad, reconocÃa que para establecer esta teorÃa su marido tenÃa que verla en Mellows de vez en cuando. No bastaba con mantener que la verÃa si él también estuviera en la casa de vez en cuando. Por consiguiente, le desagradaba que su ausencia resultara patente y marcharse ante las narices de su marido; preferÃa coger el tren siguiente al suyo y regresar una hora o dos antes que él. Muchas veces lo conseguÃa con gran habilidad, a pesar de que nunca estaba segura de cuándo podÃa regresar él. Sin embargo, últimamente habÃa dejado de tomarse tantas molestias y Laura, muy a su pesar, conocÃa lo bastante sus impaciencias y perversidades para saber que el mero hecho de que ella hubiera querido (cuatro dÃas antes del momento sobre el que escribo) poner a su marido sobre una pista falsa —o, al menos, alejarlo de la buena—, indicaba que debÃa de tener en la cabeza algo más terrible que de costumbre. Por ello la joven habÃa estado tan nerviosa y también por ello la sensación de catástrofe inminente, que últimamente era cada vez mayor, resultaba en aquellos momentos una presión casi intolerable: sabÃa que, en muy escasa medida, Selina podÃa permitirse ser más desagradable que de costumbre.