Lo mas selecto
Lo mas selecto Lionel la sobresaltó al aparecer de aquella manera tan inesperada, si bien Laura no podría haber dicho nunca en qué circunstancias habría sido natural esperarlo. En Mellows, ese conocimiento se limitaba a los criados, la mayoría de los cuales eran inescrutables y poco comunicativos, y se erigía sobre una sabiduría fundada en los telegramas: no se podía hablar con el mayordomo sin que sacara uno del bolsillo. Era una casa de telegramas; cruzaban docenas por hora, de ida y vuelta, y Selina, en particular, vivía rodeada por una nube de ellos. Laura sólo tenía vagas ideas de su contenido; de vez en cuando, si veía alguno, o bien no lo entendía o bien creía que trataba de caballos. De una manera u otra, había una enorme cantidad de caballos en la vida de la señora Berrington. Además, tenía muchos amigos que siempre corrían de un lado para otro como ella, fijaban citas y las cancelaban y querían saber si ella iba a algunos sitios o si iría si ellos iban o si iría a la ciudad a cenar y a «ir de teatros». Había también muchos teatros en la existencia de aquella atareada dama. Laura recordaba lo mucho que le gustaba la telegrafía a su pobre padre, aunque nunca hablara de teatro: en todas circunstancias, Laura intentaba dar a su hermana la ventaja o la excusa de la herencia. Selina tenía ideas propias, que eran superiores: en una ocasión señaló a Laura que era imbécil que una mujer escribiera: el telégrafo era el único medio de evitarse problemas. Si eso hubiera bastado para alejar a una dama de los problemas, la vida de la señora Berrington habría fluido como los ríos del Edén.