Lo mas selecto
Lo mas selecto —Me gustarÃa que confiara usted un poco más en mÃ, prima Maria —dijo Raymond con un suspiro, dándose cuenta de que ésta no prestaba gran atención a lo que le habÃa dicho. En cierto modo, lo irritaba; no pensaba más que en su inminente partida, en sus asuntos, en sus últimos deberes y notas. No se daba importancia pero tampoco era humilde; era demasiado conciliadora para lo primero y demasiado positiva para lo segundo. Pero se movÃa sin hacer ruido y daba la sensación de ser «capaz de todo»; conocÃa con claridad de antemano todos los pasos que debÃa seguir su empresa y Raymond notaba que su imaginación (por convencional que fuera, poseÃa esa facultad en abundancia) se alojaba ya en uno de esos lujosos premiers, en la mejor zona de los Champs Elysées, que nunca habÃa visto pero de los que, por instinto, parecÃa saberlo todo. Si lo irritaba, tal vez la envidia tuviera algo que ver: ella se embarcaba al dÃa siguiente rumbo a la ciudad que a él tanto le gustaba, mientras él tenÃa que quedarse en Nueva York, donde el hecho de que estuviera sólo medianamente satisfecho no alteraba el hecho de que tenÃa allà su estudio, que éste era malo (aunque tal vez a la altura del uso que él pudiera llegar a darle) y que nadie tenÃa prisas por quitárselo.