Lo mas selecto
Lo mas selecto Le resultaba fácil hablar a la ligera a la señora Temperly de su regreso, pero no podía volver, a menos que el anciano caballero le diera lo necesario. Ya le había dado muchas cosas anteriormente, y en aquellos momentos (el ajuar de la boda de Marian, que se celebraría en el plazo de tres meses, había costado muchísimo dinero), Raymond no tenía valor para pedir más. Tendría que vender primero algunos cuadros y, para venderlos, antes tenía que pintarlos. Era para él una desgracia que fuera mayor su capacidad para ver lo que quería hacer que su capacidad de hacerlo. Pero debía intentar darse esa satisfacción: hacer un esfuerzo que, ahora que la idea de seguir a Dora al otro lado del océano se había convertido en un incentivo, le parecía más posible. Sin embargo, a pesar de sus aspiraciones e incluso intenciones secretas, no era muy estimulante advertir que no había causado la menor impresión en su prima Maria. Esta certeza estaba tan lejos de agradarle que casi reunió valor para dejar de emplear el cariñoso título con que hasta el momento se había dirigido a ella. Al fin y al cabo, sólo se debía a que el marido de ésta había sido pariente lejano de la madre de él. No le interesaba Dora como prima, sino como algo mucho más íntimo. Ignoro si se le ocurrió pensar que la señora Temperly jamás daría a su desagrado el privilegio de abandonar aquel término afectuoso. Podría cerrarle para siempre la puerta de su casa, pero sería siempre su pariente y su «querido primo». Era muy fiel a estos pequeños adornos de las relaciones humanas —el apóstrofo cariñoso e incluso la mano acariciadora— y los usaba de modo cálido y afectuoso, con una bonhomie[37] maternal y campechana. Era con ellos tan generosa como cuidadosa en la selección de sus amigos.