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La señora Temperly seguía ahí, con la mano en el bolsito, como si buscara en él algo a tientas; su rostro feúcho, agradable y menudo se le ofrecía con una sonrisa reflexiva, y él se preguntó vagamente si estaría buscando una moneda para comprar su deseo de casarse con su hija. Tal idea estaría en consonancia con la disimulada ligereza con que estaba tratando el ánimo del joven. Si la ligereza se disfrazaba con un aire de tierna solicitud en cualquier asunto relacionado con los sentimientos de su hija, este hecho contribuía a hacer más deliberada su negativa a tomarse en serio su petición de mano. Le pareció igualmente impertinente (aunque sabía que no era ésa su intención) cuando alzó la vista para mirarlo —sus diminutas proporciones siempre la obligaban a echar atrás la cabeza y poner en danza alguna pieza de la cofia— y le preguntó si se había fijado en si le había dado dos llaves atadas con una cinta azul a Susan Winkle, cuando esa fiel pero aturullada criada se había encontrado con ellos en el vestíbulo. Sólo pensaba el equipaje y el que él deseara casarse con Dora era el menor incidente de su partida.

—Tengo la sensación de que me lo pregunta sólo para cambiar de tema —dijo él—. Creo que jamás en su vida ha olvidado dónde ha dejado unas llaves.

—Pocas veces, pero me pone usted nerviosa —contestó con su sonrisa sincera y paciente.


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