Lo mas selecto
Lo mas selecto —Vamos, prima Maria… —fue la ambigua respuesta del joven mientras la señora Temperly miraba con expresión benévola a unas personas carentes de interés que entraban como perdidas en el salón grande y caluroso, decorado con frescos y terciopelo, donde era fácil darse cuenta de que uno se encontraba en un hotel, como lo era, si uno se encontraba en él, ver que se trataba de uno de los mejores. La señora Temperly, desde la muerte de su marido, habÃa pasado gran parte de su vida en hoteles, donde le gustaba creer que preservaba el tono de su vida doméstica libre de toda contaminación y favorecÃa que sus hijas se desarrollaran en un medio refinado; pero los elegÃa tan bien como elegÃa a sus amigos. De un modo u otro, su mera presencia los mejoraba, y hacÃa entrar y salir a sus hijas de manera extraordinariamente discreta; jamás se las veÃa corriendo y chillando en los vestÃbulos, como hacÃan otros cientos de niños. Su asiduidad a los hoteles, en los que pagaba facturas enormes, formaba parte de una forma de vida cara pero práctica y también de una teorÃa según la cual, de un momento a otro y en cuanto resolviera ciertos asuntos complicados que habÃan recaÃdo sobre ella a la muerte de su marido, se marcharÃa a Europa a pasar varios años. Si estos asuntos se habÃan alargado de modo interminable, era por su dificultad inherente y eso no proyectaba la menor sombra sobre su capacidad para darles solución y administrar la considerable fortuna que le habÃa dejado el señor Temperly. Aprovechaba, con actitud arrogante y sin prejuicios, todas las comodidades que le ofrecÃa la civilización de su época, y habrÃa vivido sin vacilar en un faro si eso hubiera encajado en su proyecto general. En interés de este proyecto se disponÃa ahora a aprovechar Europa, que todavÃa no habÃa visitado y cuyas lenguas extranjeras desconocÃa por completo. Esta vez, sin duda, se embarcaba.