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No prestó atención al hecho de que su joven pariente ponía en tela de juicio la posibilidad de que ella llegara a estar nerviosa y tampoco pareció sospechar que él estaba convencido de que nunca podría ponerse más nerviosa que una buena y productiva vaca de Alderney. Se limitó a dirigirse hacia una de las numerosas puertas de la sala, como si quisiera recordarle las muchas cosas que todavía tenía que hacer antes de la noche. Salieron juntos al largo y ancho pasillo del hotel —un panorama de alfombras suaves, puertas numeradas, mujeres deambulantes y perpetua iluminación de gas— y se encaminaron hacia la escalera por la que ella debía subir de nuevo para regresar a sus tareas domésticas. La señora Temperly repasó, una a una, todas las pendientes con serenidad y con el fin de ilustrarlo; pero él estaba seguro de que todo estaría listo a las nueve, la hora que ella había decidido de antemano. En ese momento el pesado equipaje saldría en dirección al barco; ella tenía que estar a bordo, con las niñas y las cosas más pequeñas, a las once de la mañana siguiente. Llevaban treinta maletas, pero eran menos que cuando vinieron de California, cinco años antes. Ahora no volvería a hacerlo. Era cierto que entonces tenía al señor Temperly para ayudarla: éste había muerto, como recordaba Raymond, seis meses después de que se instalaran en Nueva York. Pero, por otra parte, ahora ella era más experta. Reconocía con sinceridad que, entre sus cualidades personales se encontraba la de ser todavía capaz de mejorar. Nunca había manifestado que estuviera ya en posesión de todos los conocimientos necesarios para su carrera; no sólo comunicaba a sus amigos que estaba siempre aprendiendo sino que les rogaba que le enseñaran, con un gesto que era en sí mismo un ejemplo.


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