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En ese momento las vería a todas —se refería a todas ellas: Dora, Effie, Tishy e incluso a mademoiselle Bourde—. Hablaba exactamente como si él nunca le hubiera dicho nada de Dora y como si Tishy, que tenía diez años de edad, y mademoiselle Bourde, la institutriz francesa y cuarentona, tuvieran para él el mismo interés. Veía el enorme esfuerzo que tendría que hacer para salvar aquel obstáculo y el aguijón de aquella conciencia era que Dora estaba en manos de su madre. No formaba parte del carácter de la señora Temperly el deseo de imponerse sobre los demás; con todo, tenía a sus hijas muy sujetas y siempre las tendría. No era sólo cuestión de cariño; pero sólo ella sabía de qué era cuestión. Raymond se alegró del privilegio de ver otra vez a Dora aquella noche y no sólo al día siguiente; sin embargo, su madre lo había ofendido tanto que su ofensa lo empujó a un gesto que casi olía a violencia, hecho del que casi me avergüenza dar noticia, pues la cortesía de la señora Temperly privaba de toda justificación a estos abusos de confianza. Tal vez excuse un poco a Raymond Bestwick que estuviera enamorado o que, al menos, creyera estarlo. Antes de que ella se marchara, a los pies de la escalera, le dijo:

—Y, por supuesto, si las cosas van allí como usted quiere, Dora se casará con algún príncipe extranjero.


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