Lo mas selecto
Lo mas selecto Cuando Raymond volvió, después de la cena, la señora Temperly estaba otra vez en uno de los salones comunes; explicó que las salas de sus habitaciones estaban llenas con las cosas del barco: no había sitio para sentarse. Raymond se alegró sobremanera; le ofrecía la oportunidad de alejarse un poco paseando con Dora, sobre todo porque cuando llevaba allí diez minutos empezaron a entrar más personas. Las atendieron las demás, Effie y Tishy, autorizada a acostarse un poco más tarde, y mademoiselle Bourde, que rogaba a cada uno de los visitantes que le indicara un remedio verdaderamente eficaz contra el mar: algún encantamiento, algún filtro, poción o hechizo.
—No se preocupe, ma’m’selle, tengo un remedio —decía la prima Maria con alegre decisión, cada vez, pero la institutriz francesa empezaba siempre de nuevo.