Lo mas selecto
Lo mas selecto Dado que el joven estaba a punto de separarse por un perÃodo de tiempo indefinido de la muchacha a la que estaba dispuesto a jurar adoración, no cabe duda de que deberÃa estar igualmente dispuesto a jurarle que era la más bella de su especie. Pero, en realidad, advertÃa con la misma nitidez que amaba a Dora Temperly desde hacÃa tanto tiempo por cualidades que nada tenÃan que ver con la rectitud de su nariz o lo rosado de su tez. Su figura era recta, asà como su carácter, pero no su nariz, y los filisteos y otras personas vulgares habrÃan afirmado sin sonrojarse que era poco agraciada. Dada su imaginación artÃstica, Raymond tenÃa analogÃas para ella tomadas de la leyenda y de la literatura; se daba cuenta de que a mucha gente le parecÃa callada, tÃmida y angulosa, mientras que en su interpretación de sus peculiaridades para él semejaba una figura de la predela de una pintura italiana primitiva o una doncella medieval que vaga por un castillo solitario lejos de su enamorado, que ha partido a las cruzadas. Para él, Dora sólo tenÃa un defecto: la admiración que profesaba a su madre era demasiado indiscriminada. Es fácil que un joven ardiente se sienta algo ofendido cuando averigua que una señorita jamás lo querrá tanto como a su progenitora; y Raymond Bestwick tenÃa, además, otro motivo de tristeza: Dora disponÃa, si asà lo deseaba, de buenos argumentos para discriminar. Porque ella no tenÃa nada en común con las demás; no estaba hecha de la misma pasta que la señora Temperly, Effie y Tishy.