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Consciente como era de lo que había entre ellos, aunque, tal vez, menos consciente que nunca de por qué, a aquellas alturas, tendría que haber algo, difícilmente habría supuesto que pudieran estar juntos tanto tiempo en una casa sin cruzar una palabra o una mirada. Llevaban ahí desde el sábado por la tarde, lo que sumaba veinticuatro horas. Era fácil que, en tan numeroso grupo —veinticinco personas, algunas de gran relevancia—, las palabras o miradas se extraviaran. Sin embargo, a su juicio, el resultado había sido, tanto para ella como para él, que ninguno de los dos había percibido sonido ni señal del otro. En la comida y en la cena los habían sentado de tal manera que no habían tenido que mirarse —ni esbozar sonrisas forzadas— a través de la mesa; por lo demás, entre tanta gente, ambos podían contribuir a que el movimiento natural del grupo los separara o los uniera. Aunque, por supuesto, también existía la posibilidad de que alguna ocasión escapara a su control. La noche anterior se había llevado cierta sorpresa al no verse emparejado con ella cuando se formó con gran solemnidad la larga procesión de camino al comedor. De antemano, él habría dicho —reconociendo en el gesto una de las «notas» destacadas de Mundham— que, si la reunión incluía a una mujer de letras, la mujer de letras estaría, por cuestión de coherencia, adjudicada al brazo, cuando de brazos se trataba, del caballero presente que encarnara lo más cercano a la literatura. El pobre Straith representaba al «arte» y eso, sin duda, se habría considerado suficientemente próximo si el grupo no hubiera ofrecido la posibilidad de elegir entre un ligero exceso de hombres. El representante del arte fue uno de los dos o tres que entraron solos, mientras que la señora Harvey avanzó con uno de los representantes de la banca.


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