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De todos modos, era seguro que no volvería a verse encomendada a lord Belgrove y era posible que Straith no volviera a estar solo. Ella sería, en definitiva, el remedio más probable para su triste estado; y eso era, precisamente, lo más interesante de su situación: de los presentes, eran los únicos que, en ningún sentido, se encontraban en posición de superioridad en relación con los demás. En nada los aventajaban; sólo merecían que los mencionaran por su inteligencia; estaban en lo más bajo de la escala social. La escala social, incluso en Mundham —como bien les podrían haber dicho, como bien les habían dicho en la práctica—, tenía que terminar en algún sitio; lo que equivale a decir que, mientras paseaba y pensaba en múltiples cosas, Stuart Straith tenía la sensación, a fin de cuentas, de contribuir a sostenerla. Otro de sus pensamientos versaba sobre lo rarísima que resultaba —porque no era otra cosa— su presencia allí, tan fuera de su sitio. Nada podía decir del lugar que correspondía a la señora Harvey. Podría resultar que ella, en cambio, sí se encontrara en su sitio; pero hasta la fecha esas reuniones «de sábado a lunes» le habían parecido, sobre todo, grandes jaulas doradas en las que se ponía especial cuidado en que todos los pájaros fueran de similar plumaje.



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