Lo mas selecto
Lo mas selecto Por la tarde los invitados habían dado un maravilloso paseo, sin salir de los límites de la finca, hasta un alejado pabellón de té; y, a pesar de las combinaciones y cambios en el curso de ese episodio, había seguido sin verse obligado a poner a prueba a su vieja amiga o a sí mismo. Y se preciaba de que todo hubiera sucedido sin la pusilanimidad de haberla evitado deliberadamente. En aquellas espléndidas condiciones, la vida se entendía bien; la esplendidez de las condiciones se caracterizaba por una especie de comodidad fundamental, suponía una exención general, envolvía el momento, fuera el que fuere, en una suavidad universal y todo ello actuaba como un eficaz disolvente de las relaciones tensas. Era hermoso, por ejemplo, que, si el hecho de no haberse encontrado entre tantos encuentros se debía a la habilidad de la señora Harvey, en ningún caso pudiera él tener la vulgar certeza de que así había sido. En otros lugares, distintos de Mundham, no habría tenido ninguna duda. Con todo, y sin la menor angustia, sentía que él pertenecía mucho más a aquellos otros lugares, aunque tal vez ella no pensara que eran los que, en su caso, le correspondían. El día había sido cálido y espléndido, y aquel instante, cuando tocaba a su fin —con la cena en perspectiva, aunque no sin antes cruzar un campo de mármol rosa pulido que parecía decir que, cuando en esa casa había espacio, también, generosamente, había tiempo—, era, de toda la procesión de horas, la más querida para nuestro amigo, que siempre que podía la interrumpía para saborear las impresiones que terminaban, así como las que empezaban, con el momento de vestirse para la cena. Las grandes terrazas y jardines estaban casi vacíos; la gente se había dispersado, aunque no todos habían ido a cambiarse. El aire del lugar, la inmensa casa que se alzaba con todo su poder, ataviada de verano y coronada de éxito, también aportaban algo a la poesía del atardecer. En cualquier caso, este visitante lo veía y lo percibía todo a través de una de esas finas neblinas de agosto que nos recuerdan —o, por lo menos, le recordaban a él— las artísticas gasas que se cuelgan en el escenario de un teatro cuando se desea conseguir un efecto de misterio o algún particular éxtasis pantomímico.