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__ IV __

En el estudio, donde fue ella a verlo aquella misma semana, lo primero que hizo fue admirarse al ver la espléndida abundancia de su obra. No dejaba de mirarlo todo encantada, tan conmovida que, en sus propias palabras, estaba apabullada.

—Tiene usted maravillas que enseñar.

—¡Desde luego! —dijo Stuart Straith.

—Ahí es donde me gana usted.

—Me parece que, en eso —prosiguió él—, gano a casi todo el mundo.

—¿Y todo es reciente?

Igual que ella, él miró a su alrededor.

—Algunas cosas son muy antiguas. Pero debo confesar que mis obras tienden a envejecer extraordinariamente deprisa. La verdad es que ahora me parece que nacen viejas.

Al cabo de un rato, como tenía por costumbre, ella volvió a cierto asunto ya hablado.

—Es usted infeliz. No es cierto que esté más allá de la felicidad. Está usted instalado, asentado limpia y llanamente en la infelicidad.

—Bien —dijo Straith—, si me rodea como un desierto en el que estoy perdido, viene a ser lo mismo. Pero quiero que me cuente algo de usted.

Primero ella siguió recorriendo la sala; después sacó un cuaderno y se lo tendió.


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