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—Esta vez insistiré en tomar notas. El otro día, en el teatro, por su culpa no pude hacerme la menor idea de la obra, y no podemos permitirnos estas cosas. ¡Si no hubiera sido por mi gruesa y vieja amiga y los periódicos del día siguiente! —mientras seguía mirándolo todo, iba diciendo—: ¡Magnífico! —y también—: ¡Oh, qué estilo! —y después se detuvo para obtener una impresión general, para captar el encanto del lugar. El estudio, de techo elevado, hermoso, pulcro, con dos o tres tapices pálidos y varios muebles antiguos y raros, mostraba un orden perfecto, una ausencia de objetos desperdigados, como si lo hubieran barrido y ordenado para la ocasión hasta dejarlo casi en exceso inmaculado. Estaba pulido y hacía frío, bastante frío para la estación y el tiempo; y el mismo Stuart Straith, abotonado y cepillado, tan limpio y refinado como su estudio, bien podría haberle recordado, al entrar, el capitán de un barco desnudo y vacío que aguardara en cubierta la llegada de un cargamento.

—¿Puedo mirarlo todo? ¿Puedo «utilizarlo» todo?

—Oh, no. De ninguna manera puede utilizarlo todo. Ni siquiera la mitad. ¿Le estropeé su «Carta de Londres»? —prosiguió al cabo de un momento.


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