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__ V __

Al principio, ella parecía reacia a recibirlo en su casa; pero él no lo entendió hasta que ella se marchó, tras dar vueltas una y mil veces a todo lo que su encuentro había agitado y había hecho subir a la superficie, y tras encajar recuerdos que, finalmente, acabaron teniendo un significado, si bien bastante oscuro. Por fin habían acordado que él iría a verla, pero no antes del final de la semana, cuando ella hubiera terminado el «traslado»: acababa de cambiar de casa; y, entretanto, él tenía mucho en que pensar mientras iba y venía, en aquella gélida cámara de sus esfuerzos pasados, que, incluso a él, le parecía uno de esos estudios que, cuando fallece un artista, se ordena y se abre al público, al que se le permite escudriñar todos los rincones. Lo que había sucedido era que, diez años antes —ahora se daba cuenta—, se había producido entre ellos un desdichado malentendido y habían aliviado su dolor con un orgullo perverso. Pero, sobre todo, se juzgaba a sí mismo con severidad, puesto que las mujeres, según creía, tenían que seguir adelante como pudieran, y, con dolor en el corazón, debía reconocer la importancia de la causa de los errores de aquella mujer. La señora Harvey había encontrado en la pompa del temprano éxito de su amigo idéntica base para su sensación de fracaso con él, en la época en que se veían con frecuencia y se apreciaban, que el respaldo que Straith había encontrado en la imagen de gran popularidad de su amiga para su convicción de que lo miraba por encima del hombro. Los dos se habían equivocado, como las almas sensibles con «temperamento artístico» se equivocan, no sólo al valorar la actitud del otro, sino también su situación material en el momento, lo que había hecho que se encerraran en un secretismo estúpido, donde su distanciamiento había crecido como una planta venenosa en la sombra. Él había estado convencido de que ella había seguido ganando los cinco mil al año que sus primeras ocho o diez novelas, tremendamente afortunadas, le habían aportado, de la misma manera que ella, por su parte, había pergeñado en el acierto de sus primeros éxitos, sus «cuadros del año» en tres o cuatro Academias, la teoría todavía más absurda sobre el tipo de carrera y las ganancias que le habrían proporcionado los grandes marchantes y los compradores inteligentes. Ahora parecía vulgar, pero entonces había sido grave. En cualquier caso, el error persistente en que Straith había incurrido al pensar en los «precios» de la señora Harvey había estado más que a la altura de las extrañas historias que a ella le llegaban de vez en cuando sobre los «precios» de él y que no habían hecho más que contribuir a su retraimiento.


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