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También para los dos, todo había cambiado: todo, menos la rígida conciencia de cada uno de la necesidad de ocultar esos cambios al otro. Si ella había alimentado durante años la amargura de no ser lo bastante «buena», eso era lo que había pesado más en su esfuerzo sostenido por parecer, como mínimo, tan buena como él. Entretanto, Londres era grande; Londres era ciego e ignorante; y no había sucedido nada que minara en Straith la ficción de la prosperidad de la señora Harvey. Allí, ante sus ojos, sentada a su lado, ella se había quitado una por una todas las vanas capas que cubrían un estado que, según confesó, hasta el momento había hecho todo lo posible —y siempre pensando en él— por ocultar. Escuchándola, él se había quedado helado ante la similitud con otras cosas que conocía bien. Las reconoció al oírlas y gimió al entenderlas. ¡Comprendía, por fin, todo lo que no había comprendido antes! Y, sin embargo, bien podría haber sonreído, desde el abismo que compartían, ante tan singulares semejanzas y repeticiones. Sin duda, como se decía a menudo, las artes eran hermanas, ¿y qué podría haber más parecido a la experiencia de uno que la experiencia del otro? Y, sin embargo, ella no se lo estaba contando todo. Él lo comprendía y, mientras escuchaba atentamente, tomaba la decisión de cerrar los labios por el momento y omitir su triste historia. En ese aspecto se habían entendido bien y ella no le había preguntado nada más. Conmovida al darse cuenta de que él no era feliz, la señora Harvey no se había podido contener y le había ofrecido su entrega como una manera —la primera que había surgido— de responder a los problemas de su amigo. En cualquier caso, ella le había descrito todas las fases que se pueden recorrer, a través de los «círculos literarios», en el camino al eclipse y la extinción. Sólo se conocía un momento de gloria y, si éste llegaba demasiado pronto, no se recuperaba más tarde: era casi cuestión de elección. Además, era posible que esta gloria no se aproximara ni de lejos a lo que decían unos rumores ridículos. En suma, Straith se daba cuenta de hasta qué punto conocía poco los círculos literarios y cualquier misterio que no fuera el suyo, sobre el que, ante lo inminente de su hundimiento, había velado con tanta inquietud.


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