Lo mas selecto
Lo mas selecto El viernes, cuando fue a verla, asistió a la más reciente de las fases en cuestión, que bien podía ser la última; lo que, al menos, era en sí ya un consuelo. Ella acababa de instalarse en un piso pequeño en el que, al ver la cuidadosa disposición de los objetos de los que todavía no se había separado, Straith comprendió por qué lo había hecho esperar. Allí compartieron —esos dos trabajadores agotados y desconcertados— un maravilloso momento de alegría, en su batalla perdida, y de frescura, en su perdida juventud; pero hasta después de que Stuart Straith se quitó también su pesada máscara y la puso sobre la mesa, al lado de la de su amiga, no empezaron a sentir que recuperaban parte de la posibilidad con el otro que los dos habían desaprovechado con cansancio. Pero la señora Harvey no acababa de admitir que Straith era como ella y que lo que ella había conseguido reducir a tres o cuatro habitaciones sencillas tenía una réplica perfecta en el vacío de su ordenado estudio y en sus obras acumuladas. Él se lo contó todo, se reservó tan poco como ella había callado en el encuentro anterior, mientras ella repetía una y otra vez: «¿Usted? ¿Con lo maravilloso que es?», como si lo que oía hiciera más oscuro su destino, como si el dolor de la decadencia de su amigo superara la alegría de sentirlo tan cercano. Cuando se enteró de que hacía tres años que no vendía un cuadro, «¿Usted? ¿Con lo maravilloso que es?», tuvo la impresión de que soplaba un aire frío en el crepúsculo de sus propias perspectivas. La decepción y la desesperación eran contagiosas, y ella podía esperar del futuro tan poco como él. Straith se echó a reír al constatar lo raro que era encontrarse con tan terriblemente poco, como decían ellos. Él se confió, pero con más alegría que tristeza, y, al final, abandonó todo orgullo, como si, después de un día agotador, se quitara unas botas que le apretaran para ponerse zapatillas. A ratos, parecían una pareja unida por alguna fechoría, dispuesta a llevar a cabo algún acto desesperado; y así se entregaban a la gran ironía —a la visión de la comicidad de los contrastes— que precede a las capitulaciones y a las desapariciones.