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Quería decir, ni más ni menos, que pintar a la señora Brash mataría a lady Beldonald; porque a esa ominosa conclusión habíamos llegado en tan breve espacio de tiempo. Me correspondía a mí decidir si la necesidad estética de dar vida a mi idea era tal que justificaba destruirla en una mujer que, al fin y al cabo, muchos consideraban tan hermosa. La situación era, al fin y al cabo, bastante rara; porque todavía estaba por ver qué podía ganar renunciando a la señora Brash. En cualquier caso, parecía que ya había perdido a lady Beldonald, ahora demasiado «alterada» —ésa era la palabra que empleaba siempre la señora Munden y, deduje, la que empleaba ella al referirse a sí misma— para venir a verme de nuevo como si no hubiera pasado nada. Lo importante, me di cuenta enseguida, por supuesto, era ganar tiempo, olvidarse del asunto por el momento y, en la medida de lo posible, no perderlas de vista. Podría también decir, de entrada, que ese plan y su proceso dotaron de gran interés a los meses que siguieron. La señora Brash había aparecido, si bien recuerdo, a principios del año nuevo, y su breve y maravillosa carrera fue, en nuestro círculo, uno de los hitos de la siguiente temporada. En cualquier caso, para mí fue el más interesante; no es culpa mía si estoy hecho de tal manera que con frecuencia encuentro más vida en situaciones oscuras y sujetas a interpretación que en el grosero barullo del primer plano. Y había todo tipo de cosas, cosas conmovedoras, divertidas, desconcertantes —y, sobre todo, un caso como no había conocido otro— en la curiosa fortuna de la útil prima americana. La señora Munden coincidió pronto conmigo en lo extraordinario del asunto y, desde un punto de vista más próximo y humano, la belleza y el interés de la posición. Ninguno de los dos había visto antes que una mujer, por primera vez y a tan avanzada edad, alcanzara un éxito personal de tal grado y características. Me parecía un caso de justicia poética, absolutamente retributiva; de manera que mi deseo de trabajar sobre ella era cada vez mayor. Lo había visto todo desde el primer momento en mi estudio; la pobre señora nunca había conocido un momento de reconocimiento… aunque hay que decir que, por otra parte, tampoco lo había echado de menos. Lo primero que hice tras provocar de manera involuntaria la resentida retirada de su protectora fue ir directamente a ella y decirle, casi sin preámbulos, que me sentiría inmensamente agradecido si quisiera posar para mí. De esa manera, me encontré al instante frente a su poco ilustrada vida y la revelación plena, si bien vista en escorzo, de lo que indefectiblemente le aguardaba entre nosotros. De inmediato sentí la tentación de mover la manivela y hacer sonar aquella melodía. Ahí tenía a una pobre señora que había esperado hasta las vísperas de la ancianidad para saber lo que valía. Ahí tenía a un ser ignorante al que se le revelaría en su quincuagésimo séptimo aniversario (no tardaría en averiguarlo) que poseía algo que podía considerarse «un rostro». Cuando acabó de asimilar mi petición parecía mucho mayor y estaba bastante asustada, como si yo intentara engañarla con algún despiadado truco londinense. Eso me indicó en qué ambiente había vivido y —tal como habría estado tentado de decir si hubiera hablado en voz alta— con qué clase de hijos de la oscuridad. Más tarde fui más justo con ellos; comprendí que las maravillosas bazas de la señora Brash debían de ser, en gran medida, fruto del tiempo, e incluso que, posiblemente, jamás en su vida había tenido un aspecto como en aquel instante. También podía ser que hubiera llegado su momento y asistiera precisamente yo a su llegada. De todos modos, lo ocurrido tenía, en el peor de los casos, suficiente categoría de comedia.


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