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La famosa «ironía del destino» adopta muchas formas, pero nunca la había visto adoptar ésta. La habían «invitado» con unas condiciones y ahora ella no las respetaba. Había roto la ley de su fealdad y se había vuelto hermosa cuando estaba ya contratada por su señora. Más interesante todavía que la perspectiva del triunfo consciente que eso podría depararle —y, en relación con el cual, en caso de que yo hubiera dudado de mi juicio, podía tomar la reacción de Outreau como plena garantía— era la cuestión del proceso por el cual una historia semejante podría llegar a hacerse realidad. Lo curioso era que, en tiempos pasados, los motivos de que hubiera pasado por fea —las razones del vano cálculo de lady Beldonald, que justificaban éste en gran medida— estaban escritos con grandes letras en su rostro, tan grandes que era fácil entender que la señora Brash nunca hubiera visto otra cosa. Entonces, ¿qué había hecho que la antigua frase dijera algo tan distinto? ¿En qué nuevas combinaciones, a qué lenguaje extraordinario, desconocido pero comprensible de un vistazo, el tiempo y la vida lo habían traducido? Lo único que podría decirse era que el tiempo y la vida eran artistas superiores a todos nosotros y trabajaban con recetas y secretos que jamás podremos desentrañar. Necesitaría, como un conferenciante o un artista, un tablero o una pizarra para presentar adecuadamente la relación, en el maravilloso, anciano, tierno, ajado y desvaído rostro, entre los elementos originales y el exquisito «estilo» final. Podría pintarlo con tiza, pero difícilmente podría hacerlo así. Sin embargo, lo importante era, para un artista que se respetara a sí mismo, «sentirlo» —cosa que yo hacía abundantemente— y, después, no ocultarle que lo sentía —cosa que tampoco pasé por alto—. Pero, para ser del todo justos, ella fue la última en entender; y no estoy seguro de que al final —porque hubo un final— lo comprendiera todo o supiera a qué atenerse. Cuando alguien ha sido educado durante cincuenta años en negro, debe de ser difícil adaptar el organismo, de un día para otro, al dorado. Todo su carácter se había afinado en el tono de su supuesta fealdad. Había aprendido a ser fea: era lo único que había aprendido, tal vez con la única excepción, si eso es posible, de serlo sin que eso le importara. En cualquier caso, ser hermosa exigía de ella una nueva gama de músculos. De acuerdo con la teoría anterior, literalmente, había perfeccionado su admirable vestido, instintivamente afortunado, siempre blanco o negro, de severas líneas convencionales y estudiadas. Era magníficamente pulcra; todo lo que mostraba conseguía parecer al mismo tiempo viejo y reciente; y en toda ocasión ofrecía el mismo retrato con su cabeza cubierta —bien cubierta de negro— y las hermosas trenzas blancas —de un color blanco grisáceo— colocadas sobre el pecho. Lo que había sucedido era que aquellos arreglos, determinados por ciertas consideraciones, realzaban otras características. Adoptados como una especie de refugio, no habían hecho más que profundizar su acento. Además, era singular que, constituida de tal modo, no tuviera su aspecto nada de asceta o de monja. Era una buena figura, sólida y del siglo dieciséis que, más que marchita por la inocencia, parecía decolorada por la vida al aire libre. Era, en definitiva, lo que habíamos hecho de ella, un Holbein para un gran museo; y nuestra postura, la de la señora Munden y la mía, rápidamente se convirtió en la de aquellos que tienen un tesoro a su disposición. El mundo —me refiero, por supuesto y sobre todo, al mundo del arte— se congregaba para verlo.


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