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En cualquier caso, me resultó estrictamente imposible fijar una cita el día de la propuesta de Nina que acabo de mencionar; y el giro que han dado los acontecimientos desde entonces no ha acelerado mi entusiasmo. La señora Munden mantuvo correspondencia con la señora Brash: a lo largo de tres cartas, cada una de las cuales me enseñó. Éstas contaban de tal manera su historia —que podíamos imaginar pequeña y terrible— que estábamos hasta cierto punto preparados —o creíamos estarlo— para que se extinguiera como una vela. Tras regresar a sus circunstancias originales, resistió menos de un año; el sabor del fruto del árbol, tal como yo lo había denominado, había sido fatal para ella; la vida que había llevado satisfecha sin él durante medio siglo no podía soportarla ahora ni un solo día. No sé nada de sus circunstancias originales —en alguna ciudad menor de América— excepto que, para ella, el regreso suponía salir otra vez del marco. La señora Munden y yo organizamos una pequeña ceremonia funeral en la que hablamos e intentamos comprenderlo todo. No era —la pequeña ciudad americana— mercado para Holbeins y había sucedido que el pobre y viejo retrato, desterrado del museo y sin que nadie manifestara el menor deseo de volver a colgarlo en otro lugar, fue capaz del milagro de una revolución silenciosa, de darse la vuelta, en su extremo deshonor, y ponerse de cara a la pared. Y así se quedó sin que interviniera siquiera la sombra de un crítico, hasta que consiguieron darle media vuelta y se encontraron con que era una pintura muerta. Es cierto, la pintura había tenido, si eso servía de consuelo, su momento de gloria, su nombre en mil bocas e impreso en mayúsculas en el catálogo. Nosotros no habíamos tenido la culpa de nada. Sin embargo, yo no guardaba de ella ni un apunte, ni un bosquejo. ¡A pesar de mis intenciones! La señora Munden sigue recordándome, no obstante, que no es ése el tipo de interpretación con que, por otra parte, tiene intención de conformarse lady Beldonald, después de todo. Ha vuelto a hablar de su retrato. Me dedicaré a él por fin. Ya que quiere uno de verdad, ¡por mí que lo cuelgue!


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