Lo mas selecto
Lo mas selecto —Oh, sà —dijo el segundo visitante, como si lo conociera; cosa que, dado que no era posible, tuvo para el primero el interés de confirmar cierta sensación de que lord Gwyther estarÃa… no, en absoluto incómodo, por lo general, si bien en aquel momento se encontraba excepcional y especialmente agitado. Y dado que, en realidad, lo que nos interesa de manera particular y casi exclusiva son las impresiones de Sutton, podrÃa mencionarse a continuación que no le resultó menos clara la elegancia con que el joven se comportó y gracias a la cual —aunque con la debida ayuda—, poco a poco acabó por desenvolverse con naturalidad. Durante aquellos veinte minutos se le ocurrieron a Sutton todo tipo de cosas, aunque ninguna fue, en definitiva, que debiera marcharse. Una de ellas era que su anfitriona lo estaba haciendo a la perfección —sencilla, fácil, amablemente— aunque con una expresión un poquito rara en sus maravillosos ojos; otra era que, si el otro invitado lo habÃa reconocido sin el menor motivo se debÃa a cierta tensión nerviosa que lo empujaba a actos incoherentes; y la última era que, aun en el caso de que hubiera sido oportuno que se marchara, la rara promesa de aquella escena lo habrÃa disuadido. Sobre todo, después de que lord Gwyther no sólo anunciara que estaba casado, sino que dijera, además, que deseaba presentarle su esposa a la señora Grantham por el beneficio que, sin duda, de ello se derivarÃa. La escena inmediatamente posterior a estas palabras fue causa, por asà decirlo, de la intensa inmovilidad de Sutton. Ya tenÃa noticias del matrimonio, al igual que la señora Grantham, de la misma manera que también sabÃa otras cosas; y eso, sin duda, le daba mejor medida de lo que sucedÃa ante él y más nÃtida conciencia de la rápida mirada que, en un momento concreto —aunque no se dirigiera más a él que a su compañero—, la señora Grantham le permitió que captara.