Lo mas selecto
Lo mas selecto Estaba demasiado complacido con lo que creía haber hecho por ella en calidad de amigo muy, muy antiguo para no ir a verla ese mismo día con la noticia. Sabía que trabajaba hasta tarde, igual que, por lo general, hacía yo; pero sacrifiqué por ella una buena hora de luz de febrero. Estaba en su estudio, tal como había previsto, en cuya puerta, en un gesto viril y valiente, había una tarjeta con su nombre («Mary J. Tredick»; no Mary Jane, sino Mary Juliana). La encontré un poco cansada, un poco ajada y muy sucia de pintura, pero se quitó las feas gafas para saludarme en cuanto aparecí. Se dejó puesto, mientras rascaba la paleta y secaba los pinceles, el delantal grande y sucio que la cubría hasta los pies y que la había visto llevar con frecuencia en situaciones que daban medida de su renuncia al deseo de seducir. Cada vez que algo me lo recordaba otra vez, rememoraba que lo había abandonado todo, excepto su trabajo, y que algún motivo en su historia la había llevado a ello. Pero yo seguía tan lejos de esa razón como siempre. Había renunciado a demasiado; por eso tenía ganas de tenderle una mano. En cualquier caso, le dije que tenía un buen trabajo para ella.
—¿Copiar algo que me gusta?