Lo mas selecto
Lo mas selecto Efectivamente, lo estaba cuando por fin lo vi. Mary había pintado algo extraordinario, maravilloso, ideal para el papel que le tocaba representar. Mi único reparo, en cuanto lo vi, fue que me pareció demasiado bueno para su papel; algo mucho menos «sincero» habría servido igualmente al propósito de la señora Bridgenorth y el destierro a la «habitación personal» de esa dama —por mucho encanto que allí ejerciera— sólo supondría para él una cruel oscuridad. Tengo delante de mí el cuadro, así que puedo describirlo, si sirve para algo. Representa a un hombre de unos treinta y cinco años, del que se ve sólo la cabeza y los hombros; el observador puede deducir que va vestido de un modo ahora casi antiguo y que tampoco estaba muy al día en la fecha de la obra. Su rostro alargado, ligeramente estrecho, que sería tal vez demasiado aquilino si no fuera por la belleza de la frente y la dulzura de la boca, posee un encanto que, incluso pasado tanto tiempo, estimula todavía mi imaginación. Se advierte que el retrato plasma su distinción sin caer, no obstante, en un énfasis vulgar. Tiene los ojos demasiado juntos pero son, de un modo maravilloso, al mismo tiempo despreocupados y vehementes, mientras los labios, mejillas y barbilla, lisos y tersos, están admirablemente dibujados. Se advierte la juventud en todo él, la alegría y el orgullo de la vida, la perfección de un carácter y las expectativas de una gran fortuna, que da por hecho con inconsciente insolencia. En esta vida nada lo ha humillado o decepcionado, y si la imaginación no me engaña, cuanto nos presenta es garantía de que morirá sin haber pasado por eso. En definitiva, es un hombre tan guapo que apenas es posible decir lo que piensa y tan feliz que apenas se puede adivinar lo que siente.