Lo mas selecto
Lo mas selecto Debió de ser mi expresión, aún más que mis palabras, lo que la decidió. Vaciló pero, al cabo de un instante jadeó, rio, lloró de nuevo y luego, desplomándose en el asiento más cercano, se abandonó tan completamente que casi me avergonzó.
—¿Cree que voy a decirle cómo se llama?
El peso de los años pasados —todo lo borrado y desoído—, revivió, como un tosco acento que aflora de nuevo con un ligero estímulo al pronunciar determinadas palabras. Sin embargo, un instante después quedó claro que era tan capaz como yo de juzgar a partir de lo que percibía. Sólo tuvo que mirarme un segundo.
—¡Vaya! ¡Es cierto que usted no lo sabe!
Me pareció mejor ser sincero.
—No, no lo sé.
—Entonces, ¿cómo lo conoce ella?
—¿Y usted? —me reí—. Yo no tengo nada que ver.
Se quedó un rato pensando, sin dejar de mirar el cuadro.
—¡Cómo se parece, cómo se parece!
Era casi excesivo.
—¿Tanto?
—Ni se lo imagina.
Reflexioné un poco.
—Pero usted no buscaba un parecido con un individuo conocido.