Lo mas selecto
Lo mas selecto Dejando de lado el hecho de que fuimos juntos al colegio, reconozco que —aunque algunas veces me desconcierta— tengo debilidad por Frank Brivet. De igual modo —aunque cuando un hombre es tan rico es difÃcil saberlo—, soy consciente de que no es del gusto de todo el mundo. En cualquier caso, desde el principio del asunto me sorprendió el modo en que se pegaba a mà y tendÃa a rondar mi estudio. Le gusta el arte, aunque tiene algunos cuadros horribles, y más o menos entiende el mÃo; pero no era eso lo que lo traÃa por allÃ. Acostumbrado como estaba yo a advertir lo que su riqueza hace por él en todas partes, me sorprendÃa que se me echara encima de aquella manera y no diera a Londres —ese gran pez que muerde con tantas ganas el anzuelo dorado— la oportunidad de actuar ante él. Sin embargo, lo entendà enseguida. TenÃa sus motivos para desear que no lo vieran mucho con la señora Cavenham y, puesto que estaba enamorado, necesitaba algún mecanismo que lo apartase temporalmente de ella. Yo era ese mecanismo y, en cuanto me di cuenta, me sentà perfectamente dispuesto a dirigirlo. Además, su situación se hizo interesante desde el momento en que la comprendÃ, cosa que él me permitió pronto. Su antigua discreción sobre cuanto concernÃa a la señora Brivet se desvaneció por completo, y no es culpa mÃa si le dejé ver lo poco que me sorprendÃan sus confidencias. Desde el principio, me habÃa parecido que su matrimonio exigÃa más explicaciones de las que podÃan darse y confieso que nunca he comprendido su punto de vista en relación con las mujeres en general. Sus inclinaciones son extrañas y tal vez los sean también sus indiferencias. Sin embargo, comprendo algunas de sus aversiones y coincidÃa con él en que su mujer era odiosa.