Lo mas selecto
Lo mas selecto —Hasta la fecha, desde que empezamos a vivir prácticamente separados —dijo—, ha odiado mortalmente la idea de hacer algo tan agradable para mà como divorciarse. Pero tengo motivos para creer que ha cambiado de opinión. Le gustarÃa verse libre de obstáculos.
Aguardé un momento.
—¿Por un hombre?
—¡Oh, uno estupendo! Remson Sturch.
—¿Y te parece bueno? —pregunté.
—Me parece bueno para ella. Si llega a ser lo bastante tonta (cosa que no costarÃa mucho) para casarse con él, me vengará a las mil maravillas.
—Entonces, ¿va a iniciar ella los trámites?
—Tal como están las cosas, no puede. No tiene nada en que basarse. He sido, desde luego —dijo el pobre Brivet—, irreprochable.
Pensé en la señora Cavenham y, aunque no dije nada, él prosiguió al cabo de un instante como si lo hubiera adivinado.
—No pueden decir nada, por vida de…; he ido con muchÃsimo cuidado.
Vacilé.
—¿Y ahora piensas ir sin cuidado?
—Oh, si lo dices por ella —contestó con entusiasmo—, ¡siempre!
Al oÃrlo, me eché a reÃr y él se sonrojó.