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La señora Berrington había regresado de París la víspera, pero no se había dirigido a Mellows aquella misma noche, aunque podría haber tomado más de un tren. Tampoco había ido a la casa de Grosvenor Place, sino que había pasado la noche en un hotel. Su marido volvía a estar ausente; se suponía que se encontraba en Grosvenor Place, de manera que todavía no se habían visto. Si bien no era mujer propensa a admitir sus equivocaciones, se sabe que más tarde reconoció que en aquel momento cometió un error al no ir directamente a su casa. Eso había concedido a Lionel cierta ventaja, había dado la impresión de que tenía mala conciencia y temía enfrentarse a él. Pero Selina había tenido sus motivos para alojarse en un hotel y en aquel momento le pareció innecesario expresarlos con detalle. Se dirigió a su casa en un tren de la mañana, al segundo día, y llegó antes del almuerzo, comida que compartió con su hermana, la señorita Steet y los niños, a los que mandó buscar en honor de la ocasión. Después de la comida, dejó marchar a la institutriz pero retuvo a Scratch y Parson un buen rato en el salón de día donde estaban; se quedó con ellos mucho más tiempo que nunca. Laura era consciente de que aquello tendría que haberle gustado, pero había algo perverso en Selina, incluso cuando se portaba bien; porque en aquel momento deseaba inmensamente verla sola: tan importante era lo que deseaba decirle. Selina abrazó a los niños una y otra vez y fomentó sus salidas ingeniosas; rio con exageración la torpeza de sus observaciones, de manera que en la mesa la señorita Steet se sintió muy confusa ante aquel insólito buen humor. Laura fue incapaz de preguntarle nada sobre el capitán Crispin y lady Ringrose mientras Geordie y Ferdy estuvieron con ellas: no lo entenderían, naturalmente, pero los nombres se reflejaban en sus limpias cabecitas y proyectaban más tarde una imagen, a menudo con las más extraordinarias relaciones. Parecía como si Selina supiera lo que Laura aguardaba y estuviera decidida a hacerla esperar. La joven deseaba que se marchara a su habitación para seguirla hasta allí, pero Selina no mostraba ningún deseo de retirarse y nunca, en ningún momento, fue posible meterle en la cabeza la idea de que sería conveniente que se cambiara de vestido. El que llevaba puesto, fuera el que fuere, era siempre demasiado oportuno y favorecedor para quitárselo. Laura se daba cuenta de que los mismos pliegues de su traje indicaban que había estado en París; sólo había pasado allí una semana, pero se advertía en todas partes la huella de su couturière. Según ella, había cruzado el Canal de la Mancha sólo para consultar con esa gran artista. Los signos de la entrevista eran tan destacados que parecía que dijera: «¿No ves la prueba de que sólo he ido a por chiffons[7]?». En un acceso de ternura maternal, recorrió la habitación de un lado a otro con Geordie en brazos; éste era demasiado grande para acurrucarse graciosamente en su seno, pero eso sólo hacía que Selina pareciera más joven, flexible y guapa en su alta y fuerte esbeltez. Mientras jugueteaba con los niños, su distinguida figura iba de acá para allá, siempre en perfecta libertad; y en otro momento, en que paseó despacio por la habitación, dándoles la mano y cantándoles mientras ellos la miraban en toda su belleza, escuchándola encantados y un poco sorprendidos de aquel comportamiento tan nuevo, podría haber pasado por alguna estatua antigua y grave de joven matrona o incluso por una imagen de santa Cecilia. Aquella mañana, más que nunca, a Laura le sorprendió su aire de juventud, la inmarcesible frescura que habría arrancado más de una exclamación de sorpresa por el hecho de ser madre de aquellos niños tan hermosos. Laura siempre la había admirado, siempre había pensado que era la mujer más hermosa de Londres, la más bella, detalle a detalle; y ahora éstos eran tan intensos (especialmente su refinada esbeltez y la gracia, la elegancia natural de cada gesto: la caída de los hombros nunca había sido tan perfecta) que la joven casi sintió aborrecimiento por ellos: le parecían una especie de señal de peligro e, incluso, de vergüenza.


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