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—¿Y ellos vendrán? ¿Los otros? —esa pregunta puso de manifiesto que sí lo harían, al menos en lo que respectaba a lady Edward, lady Bellhouse y la señora Pouncer, que se había comprometido a organizar la convocatoria, el día catorce, a tomar el té: preparados, por así decirlo, para lo peor. Por supuesto, existía siempre la posibilidad de que lady Wantridge ocupara el campo con tantas fuerzas que los paralizara, aunque, al mismo tiempo, ese peligro no parecía encajar con la idea de que «ya lo arreglaría con ella». Quizá era un poco contradictorio, pero resultaba evidente que, si lady Wantridge era quien más podía hacer por una persona en la situación de la señora Medwin, también era quien más podía hacer en contra. Sería, por lo tanto, lo que nuestra amiga llamaba familiarmente una «faena pesada». El efecto de esas consideraciones era, en cualquier caso, que Mamie terminó por acceder a la idea, generosamente sugerida por su cliente, de que le daría un «adelanto» para que pudiera proseguir. La señorita Cutter confesó que, en algunas ocasiones, parecía como si una apenas pudiera salir adelante; pero el anticipo, a pesar de esta delicadeza, se hizo de modo todavía más delicado: la señora Medwin dispuso sobre una de las diminutas mesas un billete, varios soberanos, varias piezas sueltas de plata y dos peniques, todo el contenido de su monedero. Eso pareció aclarar el aire para intimidades más profundas, el fruto de las cuales fue que Mamie, al fin y al cabo, sola entre la multitud, y siempre más cerca de prestar ayuda que de recibirla, al final sacó a la luz que lo que en aquel momento parecía ensombrecer su capacidad para hacerlo era el modo en que Scott había estado comportándose.


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