Lo mas selecto
Lo mas selecto La señorita Wenham, de cincuenta y cinco años de edad y una timidez implacable, indeciblemente extraña, era, en su reducida escala, grotesca casi hasta lo gótico; pero la sensación final que producía era de una amenidad que acompañaba los pasos del observador como una bocanada de gratitud. Granger no había visto en su vida una solterona más aturullada, más espasmódica, más dada a las disculpas, más en blanco en un momento y más prolija un momento después; sin embargo, tampoco nunca había concebido tan rápidamente semejante entusiasmo por una solterona. Tenía los ojos saltones, la barbilla huidiza y su nariz, durante la conversación, se movía con curiosa independencia. Llevaba en la coronilla una cofia circular con la que parecía una cariátide sin carga, y en otras partes de su persona lucía una extraña combinación de colores, tejidos y formas de origen metálico, mineral y vegetal. El tono de su voz subía y bajaba, las convulsiones de su rostro, tendieran a la expresión o a la represión —era difícil saberlo—, se sucedían de acuerdo con leyes propias; se turbaba por nada y por todo, se asustaba por todo y por nada, y abordaba los objetos, los temas de conversación, las preguntas y respuestas más sencillas, y todo lo relacionado con el trato social, por los caminos indirectos del terror o con la violencia de la desesperación. Sin embargo, a pesar de su refinada singularidad y la intensidad de sus costumbres, del modo en que sugería, a un tiempo, convenciones y simplicidades, comodidad y angustia, rodeos, sugerencias tardías y percepciones, seguía pareciéndole a su huésped irresistiblemente encantadora. Él no sabía cómo denominarlo; la señorita Wenham era fruto de su tiempo. Poseía una rara distinción. Producirla había supuesto un gran dispendio y todavía le quedaba mucho por dar.