Lo mas selecto
Lo mas selecto Afortunadamente, sin embargo —y tanto más cuanto que su libertad en aquellos momentos lo habÃa abandonado—, eso no impidió a su anfitriona, la noche de su llegada y mientras la visión de todo aquello era nueva, mostrarse tan extraña, tan rara y tan impayable[69], tan improbable, tan imposible, tan deliciosa durante la cena de las ocho (por lo que parecÃa, todavÃa observaba esos horarios tremendos) como se habÃa mostrado, de manera abrumadora, en el té de las cinco. Con toda la naturalidad del mundo, era una de las apariciones más extrañas, si bien era difÃcil deducir qué medio podrÃa ser natural para tal fin. Durante un par de dÃas, él no consiguió averiguarlo; pero después —pero sólo entonces—, llegó a una conclusión firme. Pasado el momento, estuvo seguro de todo, incluso, por fortuna, de sà mismo. Si comparamos su impresión, con ligera extravagancia, con algunas de las más intensas que habÃa experimentado en su vida, ello es sólo porque la imagen que tenÃa ante sà era tan pulida y troquelada. Expresaba con pura perfección, agotaba su carácter. Era lo que era del modo más absoluto e inconsciente. Gracias a las más extrañas circunstancias, habÃa derivado de la corriente principal a un claro remanso, una poza tranquila y profunda en la que los objetos se reflejaban con nitidez. Hasta aquel momento, jamás en su vida habÃa conocido nada antiguo, a excepción de unas pocas estatuas y cuadros; pero allà todo era antiguo, inmemorial, y nada lo era tanto como la misma novedad. La suposición de que existÃan lugares como aquél en el mundo habÃa hecho poco, ahora se daba cuenta, para matizar el resplandor de sus contrarios. Lo importante eran los detalles, y era necesario verlos para creer en ellos.