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Cuando se sentaban al sol, en su jardín de diseño formal, él era consciente de que la más tierna consideración no conseguía disimular que la trataba como la más exquisita de las curiosidades. El término de comparación que tenía más presente era el de algún instrumento musical obsoleto. El orden antiguo de su pensamiento y de su aspecto poseía la quietud de una espineta pintada a la que se le quitara el polvo debidamente y se le sacara brillo con suavidad, pero jamás se afinara ni se tocara. Sus opiniones eran como pétalos de rosa secos; sus actitudes, como las de una escultura británica; su voz era como imaginaba el tono del arpa vieja y dorada, con cuerdas de plata, situada en uno de los rincones del salón. Las pequeñas y solitarias decencias y las modestas dignidades de la vida de la señorita Wenham, la fina fibra del conservadurismo de su existencia, la inocencia de su ignorancia, toda su monotonía de estupidez y salubridad, su frío aburrimiento y tenue brillantez, se extendían ante él. Mientras tanto, en el interior de Granger, sucedían cosas extrañas. Era literalmente cierto que la impresión empezaba de nuevo, tras un corto período de calma, a ponerlo nervioso e inquieto, y por motivos peculiarmente confusos, casi grotescamente entremezclados o, como mínimo, cómicamente agudos. Se daba cuenta de que sentía una clara agitación y un nuevo gusto; y, por lo tanto, de la misma manera percibía la animación que causaba a la señorita Wenham la imagen de Addie, una imagen intensificada por la sensación de parentesco cercano, ofrecida, sin duda, con los diversos comentarios elogiosos de su amiga, la hija del médico. Al cabo de unos pocos días, él le dijo.


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