Lo mas selecto
Lo mas selecto Bien, en definitiva, la conclusión era siempre la misma: era magnÃfico que ella fuera tan simple y, sin embargo, no tuviera nada de aburrida. Él aceptó con gratitud la teorÃa de su languidez, que, además, era bastante cierta y tal vez, en parte, causa de su estado de sensibilidad; se dejó tratar como un convaleciente, dejó que ella insistiera en la debilidad que siempre queda tras la fiebre. Eso lo ayudaba a ganar tiempo, a mantener el hechizo incluso mientras hablaba de romperlo; lo acompañaba en largos paseos y encuentros tranquilos, largos chismorreos, preguntas intermitentes e imposibles —en realidad, habÃa mucho más que contar de lo que, por cualquier método, ella era capaz— y explicaciones encaminadas con galanterÃa y paciencia a que ella las entendiera, si bien, afortunadamente, no era el caso. En realidad, cada uno seguÃa su propio camino y asà estaba bien, y vagaban juntos en la bruma plateada, donde toda comunicación era confusa.