Lo mas selecto
Lo mas selecto Los órganos de visión que, tal como estaba dispuesta a declarar solemnemente, la señora Berrington no había puesto en un mal sitio eran, en aquel momento, mientras su hermana los miraba, un abismo de enorme belleza. La joven los había sondeado antes sin descubrir conciencia alguna en el fondo y jamás habían ayudado a nadie a averiguar nada sobre su dueña como no fuera que se trataba de una de las damas más hermosas de Londres. Incluso mientras Selina hablaba, Laura tuvo la fría y horrible sensación de no creerla y, al mismo tiempo, un deseo, todavía más frío, de arrancarle la repetición de la promesa. ¿Era la declaración de su inocencia lo que deseaba que repitiera o sólo el testimonio de su falsedad? De un modo u otro, le parecía que aquello zanjaría algo y prosiguió inexorablemente:
—¿Por la memoria de nuestra querida madre? ¿Por la de nuestro pobre padre?
—Por la de mi madre y por la de mi padre —dijo la señora Berrington— ¡y por la de cualquier otro miembro de la familia que te dé la gana!
Laura la dejó marchar; no había estado pellizcándola, tal como había descrito Selina aquella presión, pero se había agarrado a ella con manos insistentes. Mientras abría la puerta, Selina dijo con otra voz:
—Supongo que es inútil que te pregunte si quieres ir en coche a Plash.
—No, gracias, no quiero. Daré un paseo.