Lo mas selecto
Lo mas selecto Y asÃ, en torno al fuego, hablaron; hablaron pronto, mientras se calentaban los dedos de los pies, con animación suficiente para que les pareciera una ocasión afortunada, como tantas otras oportunidades que podrÃa haberles ofrecido su encarcelamiento. ParecÃa que la señora Blessingbourne sà sentÃa la fuerza del individuo, pero tenÃa sus reservas y reacciones, en las que Voyt estaba muy interesado. La señora Dyott adoptó un aire distante y, reclinada en el sillón, contemplaba el fuego: sin embargo, intervenÃa lo bastante para aliviar a Maud de la sensación de que se limitaban a escucharla. En el caso de Maud, esa sensación le habrÃa hecho pensar que la tomaban por tonta.
—SÃ, cuando leo novelas, casi siempre son francesas —habÃa dicho a Voyt en respuesta a una pregunta sobre sus costumbres—; en ellas me parece que se capta mejor lo auténtico, que me dan más vida a cambio de mi dinero. Pero no me entusiasman tanto que no pueda pasar meses sin leer nada de ficción.
Los dos libros estaban ahora juntos, a su lado.
—Entonces, cuando vuelve a leerlas otra vez, ¿lee muchas?
—No, qué va. Sólo sigo a tres o cuatro autores.
Al oÃrlo, él se rio mientras fumaba el cigarrillo que le habÃan permitido encender.
—Me hace gracia que «siga» a los «autores».