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—A alguien hay que seguir —soltó la señora Dyott.

—Me temo que soy ridícula —concedió la señora Blessingbourne sin hacerle mucho caso—; pero así es como nos expresamos en el lugar en donde vivo.

—Sólo me refería a lo tremendamente concienzudas que son las mujeres. Mi conciencia no puede seguir tanto. Ustedes se lo toman todo demasiado en serio. Pero, si no puede leer las novelas de factura británica o americana, bien sabe Dios que estoy de acuerdo con usted. Se diría que muestran nuestro sentido de la vida como cosa de gatitos y perritos.

—Bueno —contestó Maud con más paciencia—, me han dicho que hay gente de todo tipo escribiendo cosas estupendas; pero, por algún motivo, no he entrado en ellas.

—Ah, son ellos, nuestros pobres gangosos y papanatas quienes están fuera. Sobreviven en la calle y ¿quién querría dejarlos entrar?

La señora Blessingbourne parecía incapaz de expresar y elaborar a la vez sus ideas. Era evidente que le resultaba difícil abordar el asunto.

—Cuando me dejan algunos libros intento leerlos, pero al cabo de cincuenta páginas…

—¡Ahí está! Sí, Dios nos asista.


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