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La señora Blessingbourne se recostó; no miró el fuego, como la señora Dyott, sino el techo.

—No sé lo que pienso.

—No es que no lo sepa —señaló la señora Dyott—, sino que no lo dice.

Pero en esa ocasión Voyt no tuvo ojos para la anfitriona. Contempló a Maud durante un momento.

—Parece obvio que ha escrito usted algo, ¿verdad que sí? ¿Y lo ha publicado? Me parece que a usted sí podría leerla.

—Cuando publique —dijo ella sin moverse— será usted el último a quien se lo diga. Tengo un bonito tema —prosiguió—, ¡pero necesita mucha elaboración…!

—Díganos, al menos, de qué se trata.

Al oírlo, ella volvió a mirarlo a los ojos.

—Oh, eso equivaldría a contarlo todo, y eso es justo lo que no puedo hacer. Lo que quería decir hace un momento —añadió— es que los franceses, a mi parecer, nos ofrecen una y otra vez, por los siglos de los siglos, la misma pareja. Ahí están, una vez más, tal como las hemos visto hasta la saciedad, en esa cosa amarilla, y seguro que las volveré a encontrar en la azul.

—Entonces, ¿por qué sigues leyéndolos? —preguntó la señora Dyott.

Maud vaciló.


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