Lo mas selecto
Lo mas selecto —¡No, a Dios gracias!
—El destinatario no lo sabe…
—En absoluto.
La señora Dyott pensó un poco.
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
—¿Y eso es lo que tú consideras tu decencia? Pero ¿no te parece que, en realidad, es la suya? —preguntó la señora Dyott.
—Claro que no: para él es sólo una suerte.
La señora Dyott se echó a reÃr.
—Pero la tuya, tu suerte, querida mÃa, ¿dónde está?
—¡Vaya! En la sensación de vivir una historia romántica.
—¿Y dónde está la historia romántica? ¿En el hecho de que él no sepa nada?
—De que yo no quiera que él lo sepa. Si quisiera, ¿dónde estarÃa mi honestidad? —Maud le habÃa dado muchas vueltas y sus conclusiones eran enternecedoras.
Durante un instante, esta pregunta hizo callar a su amiga; al parecer, debido a una estupefacción que era casi diversión.
—Y eso de querer que él no lo sepa, ¿es sólo cuestión de voluntad? Y, si no quieres que lo sepa, ¿dónde está la historia romántica?