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Morris Gedge, en su juventud, había dirigido durante unos años una pequeña escuela privada de las que se conocen como preparatorias, y sucedió que había acogido bajo su techo al hijo pequeño del gran hombre, que, por entonces, no era tan grande. El niñito, durante una ausencia de sus padres de Inglaterra, cayó peligrosamente enfermo, tan peligrosamente que los llamaron con urgencia, aunque con los retrasos inevitables, para que regresaran de un país lejano: habían ido a Estados Unidos y tenían que volver a cruzar todo el continente y el gran mar. Cuando llegaron, se encontraron al niño a salvo, pero a salvo, como no pudo por menos de salir a la luz, gracias a la extrema devoción y el perfecto juicio de la señora Gedge. Ésta no tenía hijos y se había encariñado con el más tierno y chiquitín de los alumnos de su marido, y ambos habían temido como un desastre espantoso el daño que la pérdida del niño pudiera causar a su pequeña empresa. Nerviosos, inquietos y sensibles, con un orgullo —como, por cierto, bien sabían— por encima de su posición, que nunca, ni en el mejor de los casos, dejaría de ser sombría, lo habían cuidado aterrorizados y lo habían sacado adelante, esforzándose hasta el agotamiento. Y sucedió que el agotamiento les llegó temprano y, por un motivo u otro, se convirtió en su sino de modo permanente. Como decían, la muerte del niño habría acabado con ellos; sin embargo, su recuperación no los había salvado; con lo que formaba parte, sin duda, de una franqueza tímida pero tenaz, no tenían por ello la sensación de haber guardado un tesoro. Y no sería tesoro alguno, ni en sueños ni despiertos; y los años que siguieron cojearon bajo el peso de ambos, de vez en cuando se tambalearon penosamente y a duras penas consiguieron no dejarlos caer en el polvo. En lugar de prosperar, el colegio fue menguando hasta su cierre. La salud de Gedge flaqueó y más aún cualquier indicio de capacidad para darse a conocer como hombre útil y experto. Puso a prueba varias cosas, puso a prueba muchas cosas pero, al final, se habría dicho que éstas, en la misma medida, lo habían puesto a prueba a él. En la época a la que me refiero, sobre todo, ponían a prueba a sus sucesores, mientras él se encontraba, con una sensación de embotada dicha, derivada, en su caso, de la mera postergación de todo cambio, al frente de la gris biblioteca municipal de Blackport-on-Dwindle, toda ella granito, niebla y ficción femenina. En esa situación, a su alrededor se consideraba, sin duda, que su inteligencia general —reconocida como su mayor mérito— estaba sometida a menos presión que su dominio de algunos asuntos en los que su debilidad era manifiesta.


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