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Fue en Blackport-on-Dwindle donde la flecha de plata lo alcanzó y lo atravesó; la custodia de templo tan distinto se presentó como una alternativa a la distribución de volúmenes gastados, con las esquinas dobladas, cuyos títulos, en boca de innumerables jóvenes banales, desafiaban su calma. El estipendio mencionado difería poco del magro sueldo que se le pagaba en aquellos momentos, pero, aunque hubiese sido menor, el interés y el honor habrían sido determinantes. Aunque nunca había tenido ocasión de acercarse al santuario que habría de presidir, le parecía el más sagrado de los conocidos en toda la historia de la humanidad, el primer hogar del poeta supremo, la Meca de la raza de lengua inglesa. Las lágrimas acudieron a sus ojos antes que a los de su mujer cuando miraron la estrecha prisión que en aquel momento los rodeaba, tan poco iluminada por las luces del intelecto, de tan escasa laboriosidad, tan alejada de cualquier sueño, tan intolerable para el buen gusto. Tuvo la sensación de que se había abierto una ventana a un gran bosque verde, un bosque que llevaba un nombre glorioso, inmortal, poblado de figuras vívidas, todas ellas renombradas, que emitía un murmullo, profundo como el sonido del mar, que era el susurro, en la penumbra del bosque, de toda la poesía, la belleza, el color de la vida. Sería prodigioso que él tuviera la llave de ese mundo transfigurado. No, no podía creerlo, ni siquiera cuando Isabel, al ver su expresión, se acercó y, amablemente, le dio un beso. Él negó con la cabeza con una extraña sonrisa.


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