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La señora Gedge sólo conocía las necesidades del caso, hasta el momento, gracias a la escasa información recibida, totalmente vaga, y, al igual que su marido, nunca había estado en el lugar sagrado; pero se veía alzando la mano enguantada por encima de una colección de objetos notables y diciendo a un nutrido grupo de personas boquiabiertas y reverentes: «Y ahora, hagan el favor de pasar por aquí». Incluso se oía contestando con presteza y decisión alguna pregunta suelta de un visitante en quien la audacia prevaleciera sobre la reverencia. En una ocasión, hacía años, había visitado con una prima un gran castillo del norte, y así los había conducido la encargada. Tampoco se veía como encargada; estaba muy por encima, y el movimiento de su mano lo demostraría. Aquello, junto con tantas otras cosas, lo resumió en la respuesta a su compañero:

—Lo que tenemos nosotros es que tú eres un caballero.

—¡Oh! —dijo Gedge, como si nunca se le hubiera ocurrido y, sin embargo, no mereciera la pena pensar en ello.

—Me lo imagino perfectamente —prosiguió ella—. Han encontrado ya unas personas vulgares y piensan que no sirven. Nosotros somos pobres y somos modestos, pero cualquiera puede ver lo que somos.

—¿Quieres decir…? —preguntó Gedge. Más modesto que ella, no sabía muy bien qué quería decir.


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