Lo mas selecto
Lo mas selecto Un sirviente se acercó a la puerta para anunciarle que el té estaba servido; en respuesta a su pregunta sobre quién se encontraba abajo (porque había oído las ruedas de un segundo vehículo poco después del regreso de Selina), se enteró de que Lionel había vuelto. Al oír esta noticia, pidió que le subieran un poco de té a su habitación y decidió no bajar a cenar. Cuando llegó la hora de la cena, mandó decir que le dolía la cabeza y se iba a acostar. Se preguntó si Selina subiría a verla (tenía una capacidad sorprendente para olvidar las escenas desagradables); pero su deseo ferviente de que no se acercara se vio satisfecho. Sin duda, si la reunión entre ésta y su marido suponía una conmoción siquiera la mitad de intensa de lo esperado, ya se enteraría. Sin darse cuenta, en cuanto supo que su cuñado estaba en la casa, Laura se encontró escuchando atentamente: en cierto modo, esperaba oír señales de violencia, fuertes gritos o el sonido de un enfrentamiento. Le parecía evidente que no tardaría mucho en producirse una terrible escena de la que, aunque no se encontrara mal, la discreción habría debido alejarla en cualquier circunstancia. No se acostó: en parte, porque ignoraba lo que podría suceder en la casa. Pero también se sentía inquieta por el modo en que todo aquello la afectaba: las cosas habían llegado a un punto en que le parecía necesario tomar una decisión. Dejó las velas apagadas y aguardó despierta hasta la madrugada, a la lumbre del fuego. La escena con Selina le había dejado claro que lo peor estaba por llegar (mientras miraba el fuego, a medida que avanzaba la noche, tuvo una rara visión de la catástrofe que se cernía sobre la casa), y analizó, o intentó analizar, qué era lo que más le convenía. Lo primero, huir de allí.