Lo mas selecto
Lo mas selecto Puede relatarse sin demora que Laura Wing no huyó y que —aunque esta circunstancia mengüe el interés que pudiera suscitar su carácter— ni siquiera tomó decisión alguna. No era tan fácil tomarla si tenÃa que obrar en consecuencia. Al mismo tiempo, no podÃa escudarse en la convicción de que si no se marchaba —es decir, si seguÃa bajo el techo de su cuñado— obligarÃa con ello a Selina a cumplir con su deber y la devolverÃa al camino recto. Las esperanzas en este sentido habÃan quedado ya atrás; las ilusiones que se hacÃa sobre su hermana eran mÃnimas. HabÃa pasado ya por la fase de superstición, que habÃa sido la más larga: la época en que le parecÃa, como al principio, una especie de profanación dudar de Selina y juzgar a su hermana mayor, de cuya belleza y éxito siempre se habÃa sentido tan orgullosa, y que se comportaba, si bien con el talante más benévolo y fraternal, como si procediera de lo más alto. En anteriores momentos de arrepentimiento por alguna sospecha irrefrenable, se habÃa llamado a sà misma mojigata presuntuosa: tan raro le parecÃa, al principio, ese impulso de criticar a su brillante protectora. Pero, pasada la revolución, se encontraba ahora con una libertad desolada y solitaria que, si no le parecÃa la más cÃnica de las actitudes de este mundo, se debÃa a que más cÃnico era el comportamiento de Selina. Imaginaba que acabarÃa por enterarse, aunque temÃa saberlo, de lo sucedido entre la dama y su marido mientras ella pasaba la noche en vela, sufriendo. Pero, ante su sorpresa, al dÃa siguiente nada parecÃa haber cambiado, excepto que Selina conocÃa ahora el alcance de sus sospechas. Como eso no tenÃa ningún efecto aleccionador sobre la señora Berrington, nada se habÃa ganado con la exhortación de Laura. Dijera lo que dijera Lionel a su mujer, éste no se lo contó a Laura: dejó en sus manos la posibilidad de olvidar el tema que tan abiertamente habÃa sacado a la luz ante ella. Aquello era muy caracterÃstico de su buen talante; se le habÃa ocurrido que, al fin y al cabo, a ella tal vez no le gustara aquel asunto y, si le compensaba el disgusto tener a su disposición en todo momento los ponis grises, podÃa pedirlos cualquier dÃa de la semana y borrar aquel desagradable episodio de su cabeza.